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Prado Surf

13 de agosto de 2017
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Al atardecer cojo mi tabla en Prado Surf y bajo a la playa. Hace frío en este verano atlántico y apenas queda alguien paseando por la playa. El sol empieza a esconderse tras las Cíes, son más de las nueve y estoy solo sobre mi tabla.

Silencio y espera.

Miro el horizonte en busca de la ola adecuada y, mientras, floto sobre el rumor del mar en el que todo parece diluirse.

Sobre esta tabla, sobre este silencio, no tengo edad ni sexo ni nombre; no soy de ningún lugar y el tiempo se aleja con la marea. Ni pasado ni futuro. Todo flota a mi alrededor, entre las olas.

Basta acariciar el mar para agarrar un puñado de palabras y subirlas a la tabla. Componer la propia existencia, volver a tener un nombre, un sexo, una edad; quizás otro nombre, otro sexo, otra edad. Acariciar el mar y coger una ola, llegar a la orilla y remontar a la espera de la siguiente. Volver a sentarme sobre la mar; volver al silencio, al no ser, a la mar y la ausencia. Pescar palabras en busca de la propia identidad, como si fuera la única verdad, fuera del tiempo; la verdad del pescador que adopta el nombre que arrastran las olas.

Y mientras floto sobre las olas, mientras agarro cuantas palabras llegan a mi tabla, soy y dejo de ser al son de la marea: con esta ola podría ser un padre de familia que regresa a casa y con la siguiente un hombre que escapa para no volver jamás; una oficinista de vacaciones, una mujer flotando sobre el mar, el último surfista de una isla perdida; Ulises volviendo a Ítaca, un niño que nunca llegará a ser un hombre, un condenado clavado en la cruz, una mujer que nunca tuvo infancia; una amazona cabalgando sobre su propia fábula, un turista que no sabe qué coño hace en esa playa y cómo se ha dejado convencer para hacer surf, Saturno devorando a sus hijos o un surfista solitario esperando una ola.

Podría ser cualquiera de las respuestas que arrastra la corriente, todo lo que imagino subido al silencio para luego, con la resaca de la última ola, ver como las palabras vuelven a la mar y entender que sigo siendo nadie, que puedo serlo todo, mientras el sol se aleja tras las Cíes.

Comentarios

  1. Manuel Bellver dice:

    Gracias Gonzalo, algún día habrá que recopilar todos tus escritos en un libro del tipo “Los Ensayos” de Montaigne.

  2. Maria dice:

    Precioso de verdad Gonzalo
    Un regalito de verano

  3. Inma dice:

    Gonzalo me encanta compartir ese personaje que describes y que se deja entrever entre las crestas de las olas de un mar que se hace azul negro con la puesta de sol; el mismo que hace poco conoci en Malaga

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