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Un domingo cualquier, por ejemplo este

29 de marzo de 2020
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Siempre estoy leyendo, incluso cuando no leo. Y al final, ese tiempo también es mucho. Pero me doy cuenta que también leo sin leer. Que durante ese tiempo acumulo las ideas y los viajes y las imágenes que no tengo porque no estoy leyendo. ¿Y por qué no estoy leyendo? ¡Quién sabe! Quizás porque estoy perezoso o porque abro un libro tras otro y no acabo de encontrar el tono o porque no siempre se puede hacer todo a la vez y, sin embargo, siempre hay una excusa para todo, también para escapar de la felicidad, claro está. Pero luego vuelvo a abrir un libro y me envuelve, me lleva dentro. Dentro de mí, quiero decir. Y todo eso que he acumulado mientras no leía, todo eso que no estaba y esperaba estar, que bullía en algún lugar oculto, esperando “la mano de nieve que sabe arrancarla”, esperando que alguien vuelva a abrir por fin una ventana y entre ese aire de palabras. Todo eso salta, aparece; estalla. Y es difícil de controlar, de manejarlo todo a un tiempo, de luchar para anotarlo, sentirlo, vivirlo y seguir leyendo lo que lo provoca.

Es como “ser o no ser”: siempre eres, aunque en ocasiones sientas que no. Solo esperas en la oscuridad hasta volver a sentir que eres y entonces eres lo que yacía oculto. También eso, sí.

Siempre estoy escribiendo, también cuando no escribo. Cuando digo leer, digo escribir. Es lo mismo. También cuando digo ser. Y cuando digo amar y vivir.

Y para todo eso, me doy cuenta ahora, o quizás me di cuenta antes y lo pienso ahora, no hace falta nada. Casi nada. Solo estar aquí o allí, incluso de aquí para allá, y volar mientras seas.

Hoy, por cierto, lo que me hace volar es leer “Ordesa”, de mi amigo (con su permiso) Manuel Vilas.

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