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y tu nombre escondido

20 de marzo de 2019
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Anoche, a las dos de la mañana, miré el móvil y tenía una llamada perdida. Salía de cenar con unos amigos y volvía a casa dando un paseo, aprovechando que la lluvia se ha alejado unos días de Estambul.

En España son dos horas menos; llamé a Carla. Estoy bien, eso fue lo primero que me dijo. No entendía por qué no iba a estarlo. Continuó. No me interrumpas, por favor, Gonzalo, tengo que contarlo de un tirón.

Y así lo hizo.

Un chico al que conoció hace un par de semanas la había invitado a cenar a su casa con otros dos a los que no conocía. Cenaron, hablaron. Todo normal. Después se sentaron en el sofá y la atmosfera empezó a empañarse. Carla no sabía qué estaba pasando, pero sintió que tenía que apartarla para poder respirar. La suciedad del aire se le pegaba a los poros, a la garganta, a la nariz.

Entre esa extraña sensación, su conocido, Carlos, trató de meterle mano varias veces, cogiéndola por la espalda, una mano por aquí, otra por allá. Algo incómodo, pero Carla se podía zafar sin demasiada dificulta. Le dijo que la dejase, que no tenía gracia. Carlos siguió intentándolo, gastando alguna broma… Hasta que, en un giro inesperado, Carla se vio sujeta por detrás, con Carlos cogiéndola por los brazos mientras otro tipo la sobaba por delante e intentaba desabrocharle el pantalón. De qué hacía el tercero no se acordaba. Carla pudo revolverse, darle un rodillazo al tipo que tenía enfrente, casi encima, y salir corriendo de la casa.

Mientras me lo contaba repasaba la noche, la rastreaba como un sabueso en busca de una pista, se preguntaba qué había hecho, si les había dado pie, si tendría que haberse ido antes, si… Cien mil síes y todos contra ella, apoyados sobre la duda y la propia culpa. Y la atmosfera aún pegada a su piel. Densa, grasa, húmeda; como un lametón maloliente; como si el aire se hubiera vuelto solido, infranqueable, pegajoso, irrespirable, mortal. Envolviéndola tres duchas después, pintándole de suciedad la cara por puta.

Carla me dice que está bien. Y se siente fuerte por haber sabido reaccionar, por haber escapado. Pero en el centro de su historia encuentro el vacío ante su propia mirada. Ante su juicio. Y detrás de sus ojos hay mil voces que apoyan sus dudas, su suciedad, sus reproches; esas cientos de preguntas que empiezan por un “y si…” y que nunca acaban.

Pero solo hay una pregunta con “y si…”, Carla: ¿Qué pasaría si no hubieras podido reaccionar, si te hubieras quedado bloqueada, asustada, incapaz de huir y la atmosfera y el silencio te hubieran calado hasta los huesos?

Y solo una respuesta: tampoco habría ningún maldito “y si…”; nada más que dolor y confianza rota; nada más que vergüenza para quien no la sentirá. Pero no esa culpa, esas preguntas que sin querer se vuelven contra ti, que se convierten en la sonrisa de los miserables.

Déjame ayudarte a patear esas dudas, esas miles de voces que gritan contra ti, que juzgan sin entender, que se apoyan en tu relato entrecortado para sonreír sin mirar la basura que les asoma entre los dientes.

Y estas palabras como un abrazo, como la amistad escrita en este papel y la rabia poyada en el cariño y tu nombre escondido en el de Carla, pero solo porque así me lo has pedido.

En: Blog 1 comentario

Comentarios

  1. Marisa dice:

    Y si ……. y si ….. dos palabras que abarrotan la vida de todos en constante interrogación, cuantas veces sin respuesta.
    Carla, fuera él y si …. tuviste el ánimo y la fuerza para saltártelo. Es difícil pero colócalo en su sitio , el tiempo ayuda.
    Te mando mi gran abrazo solidario solo para ti
    BSSSSSSSSSS Gonzalo
    BSSSSSSSSSS

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