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Y perder sus ojos sin abrazo

1 de agosto de 2019
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Para mi tía Merche.

La muerte no abate el reflejo. Se rompe el espejo y la imagen permanece y nos acompaña. Ya no hay una posible llamada ni una visita pendiente, pero el mismo fantasma nos acompaña con toda la fuerza de la vida; de la vida imaginada.

Estar lejos es abrazar la vida de los muertos amados, otorgarles la eternidad en nuestros pasos y perder sus ojos sin abrazo.

No puede morir quien, paso a paso, se convirtió en relato, en ficción, en memoria viva; pero memoria. Como tampoco vive ni respira quien te mira con ojos de cartón. Y cuando la muerte no te alcanza en su lugar anida el vacío, ese hijo del abrazo del tiempo y el espacio al confundirse.

Porque cuando la muerte cae lejana no rasga la realidad.

Vivo en Estambul, igual que antes viví en otros lugares lejanos a España. Allí, familiares y amigos ocupan el tiempo a intervalos de viajes, de llamadas, de WhatsApp y su presencia se transforma en recuerdo durante los años, en un recuerdo modificado por esos saludos o abrazos, pero al fin y al cabo en una imagen, en una idea, en un sentimiento que te acompaña a donde vayas y corre en paralelo a la persona de la que hablas. Es como amar el reflejo y no echar de menos la imagen. Es, quizás, confundirte en ese abrazo del tiempo y el espacio.

Pienso en ti, ahora que me dicen que has muerto y sueño que cruzo el mundo para no ver más ojos de cartón; para golpear el abrazo consciente de la relatividad del golpe. Correré con suelas de viento, cruzaré el espacio sobre una guadaña de fuego robada al tiempo y miraré a los ojos deshaciendo la mirada eterna del cartón.

No lo hice contigo y ahora me acompañas con el paso de los vivos yacientes.

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