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Visconti en Córcega

13 de julio de 2016
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Recuerdo la nieve en Córcega. Nos la enseño Fernando desde el coche. Allí estaba, deshaciéndose en lo alto de la montaña, como nosotros abajo, entre las curvas interminables de las carreteras.

Allí estamos. Entre los restos de un invierno que se resiste a terminar, de la nieve que no acaba de derretirse a pesar de la insistencia de un sol pertinaz.

El tiempo no es nada, apenas una ilusión, algo que se modifica según la percepción del momento, pero que también sopla lento y sin fin llevándoselo todo.

Manolo me ha dicho que mis palabras le recuerdan a Visconti. Es posible. Creo que mi amigo piensa más en Lampedusa que en Visconti, o quizás en la visión viscontiniana de Il Gattopardo. Quizás en Muerte en Venecia. No lo sé. Pero me ha hecho pensar en esos picos corsos, en esa nieve que resiste sin objetivo alguno, con el único final posible: ceder al sol o confundirse con la nueva nevada. Eso es todo. Un último verano convirtiéndose lentamente en agua. En el mismo agua que bajará por las montañas, que llegará a Bonifacio y acabará en el mar cuando un turista tiré de la cadena después de un paseo en barco por los acantilados. Tal vez ese recorrido entre la montaña y el retrete, quizás el mar, sea nuestra vida.

En todo caso, la idea de Visconti me devuelve algunas fotos del pasado, algún Gattopardo. Pero más con aíre melancólico que con el cinismo del famoso “que todo cambie para que todo siga igual”. Quizás un Gattopardo que va a morir a Venecia.

Paseos infantiles por el Monte Ulía, por Ondarreta, Jaizquíbel, San Juan de Luz o el viejo. Mi abuela, mis padres, mis primos… y Nicolás y yo siempre en bicicleta. Suena más a una imagen del neorrealismo que a Lampedusa, ahora que lo pienso. Pero no robamos las bicicletas. Solo nos quedamos con la imagen de San Sebastián como el tesoro de la infancia, de la juventud que allí vivimos, como el territorio imaginario de aquellos días. Cómo la Córcega de ayer. Es lo único que quisimos robar.

A mi lado, en el coche, siento los recuerdos de mis amigos. De Victoria, de Marina, de Fernando, de Jean-Chistophe. Pero no me permito soñarlos, solo los observo sin atreverme a entrar.

Y también imágenes del presente. De este fin de curso, tras el Ramadán, tras la fiesta del Aïd, del regreso de los emigrantes argelinos, la mayoría volviendo de Francia para pasar el verano en Argelia; la mayoría de nuestros compañeros en el pasaje de Marsella a Orán. Pronto haré yo el viaje inverso, de África al verano en Europa. No se puede comparar mi lejanía, mi expatriación, con la suya; pero, de algún modo, logro captar algo de su regreso. Quizás con los mismos ojos prestados con los que empecé a mirar mi vida en Córcega. O con la mirada puesta muy lejos, ya en Santa Elena, al otro lado del mundo, ya en la derrota y con los Cien Días terminados. Ya en los ojos de un hombre que creyó dominar el mundo, qué tal vez imagino otros Cien Días.

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