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Tengo el cerebro en los pies

20 de noviembre de 2015
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Tengo el cerebro en los pies. Tras una larga búsqueda, lo he encontrado. Pasan los días y no salgo a correr, mi cabeza empieza a ir más deprisa de lo que debe; se acelera, se agita sin motivo, pretende hacer mil cosas por segundo y mi cerebro se queda exhausto, convertido en un inútil.

Me pongo las zapatillas y salgo a correr. Las ideas se tranquilizan, se acompasan, vuelven al ritmo habitual, encajan sus tiempos con los del mundo. De nuevo, carburo. Más o menos.

Hay quien tiene el cerebro en la cabeza y la cabeza sobre los hombros; quien tiene el cerebro en la entrepierna y el sexo sobre los hombros; quien es todo corazón y quien solo emite una señal débil cuando se trata de pensar. En mi caso, el cerebro está en los pies y mis pensamientos necesitan moverse a golpe de carrera. Cuando no les dejo salir, cuando la pereza me ataca y no salgo a correr, los pies trepan hasta los hombros y es mi cerebro el que se calza las zapatillas. Entonces, el mundo y yo nos descompasamos. Y tengo que volver a la carretera para esperarle. Sí, es curioso, en mi caso esperar, ir más despacio, pasa por correr más deprisa.

Una contradicción, lo sé.

Cuando no puedo salir a la calle y corro en una cinta en el gimnasio, tengo la sensación de estar viendo mi vida: corro sin avanzar; todo se mueve a mi alrededor y yo me esfuerzo y sigo en el mismo sitio. Gracias a eso el mundo y yo nos movemos a la misma velocidad; si avanzo, nos descompasamos; si me quedo quieto, también. La única solución es ponerme las zapatillas y correr para que el paisaje se mantenga en su sitio. O para que mis pies puedan imaginarlo de ese modo. Al fin y al cabo, es lo mismo.
Ayer leí que el sentido del gusto está en el cerebro y no en la lengua; ahora que sé dónde está mi cerebro se ha convertido en una noticia inquietante.

En: Blog 1 comentario

Comentarios

  1. B Argaya dice:

    Tu reflexión me trae a la mente la famosa expresión ‘mens sana in corpore sano’. A veces nos ponemos a pensar y nos quedamos anquilosados o acabamos por perdernos en la locura. A pesar de mi vaguería, tomaré tu ejemplo y me calzaré las zapatillas llenas de polvo. ¿Quién sabe? Quizá salga una interesante novela de mis pies 😉

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