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La lotería en el pescado

16 de septiembre de 2019
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Mi amigo Álvaro me contó que cuando vivía en Colombia un pescador vio un número de la lotería en las entrañas de un pescado. Y lo contó. Esa semana, el premio gordo cayó en ese número y fue el premio más repartido de la historia de los juegos de azar. Nadie había dudado. Toda la aldea jugó ese número en la lotería y fueron a cobrarlo sin esperar a que saliera publicado. Esperaron en la cola y, en cuanto se anunció el número ganador, cobraron su boleto. El premio estaba tan repartido que al día siguiente todos volvieron a su trabajo.

Durante algún tiempo, se sucedieron los números ganadores aparecidos en una coliflor, una res recién nacida, los posos de un café y, por último, en el cadáver de la vieja Isabel. Todos obtuvieron el premio gordo (salvo Isabel que no pudo ver este último) y todos se repartieron del mismo modo.

Cuando el número apareció en la frente de la vieja Isabel, entendieron que la suerte había muerto. ¿Qué vendría ahora? Esperaron otras señales, buscaron otro tipo de mensaje en las entrañas del pescado, pero se habían acabado los boletos de ese tipo. Por la noche, bajaban a la plaza y buscaban en las estrellas. Maldecían la luna llena que las oculta y hablaban de lo que las estrellas no les decían.

Álvaro les preguntó qué buscaban, pero no obtuvo respuesta. Le miraron con una sonrisa callada y siguieron contando estrellas sin palabras. Los premios se habían sucedido durante un año, entre un pescado y la vieja Isabel. Después se había impuesto el silencio de las estrellas.

Álvaro los observaba buscar cada noche y veía cómo el día se sucedía indiferente a la espera, como si nada de todo aquello hubiera pasado para la luz del día. Entendió que se habían acostumbrado a las señales y que ya solo cabía esperarlas. No querían nada, solo anhelaban recobrar la conversación con el silencio. Y lo encontraban cada noche en la búsqueda infructuosa entre las estrellas. En la búsqueda que les permitía seguir como si nada hubiera pasado; que les permitía ver la misma expresión que guardaba el pescado en sus entrañas en los ojos abiertos de la vieja Isabel con sus párpados fríos. La vieja expresión que se dibuja al descubrir un disparo en la frente, una sonrisa en la mano, un silencio entre los dientes, un ardor en la cintura; al descubrir los rumores de siempre entre tantas y tantas señales que normalmente callan.

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