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En el jardín del podólogo

29 de septiembre de 2017
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¿Por qué escribiste eso?

No pude evitarlo, Cristina, os escuchaba desde el jardín de al lado, desde el otro lado del seto, y no pude evitar escribir sobre una niña que quería ser podóloga, que quería refugiarse en la clínica de su padre y no tener problemas.

¿No podías pensar que de verdad era lo que quería?

Supongo que pensaba que entonces no tenía relato.

Te equivocabas.

Tienes razón, ahora lo sé.

¿Y vas a escribirlo de nuevo? ¿Vas a volver a escribir sobre mi?

Te lo prometo.

Bien.

Volveré a aquella noche, me sentaré al otro lado del seto y os escucharé. Escucharé a unas niñas a punto de ser mayores; la conversación de un grupo de amigas que habla de futuro y creen saber qué es; que bebe porque creen ser mayores; que recibe a sus amigos y habla de sexo sin ruborizarse…

Estás siendo condescendiente, vuelve de verdad a esa noche; escucha de nuevo la conversación.

Supongo que tienes razón. Vuelvo a empezar.

Desde el otro lado del seto puedo escuchar como una de las niñas habla. Parece la dueña de la casa y dice que va a seguir los pasos de su padre, que se va a Madrid a estudiar podología y que luego empezará a trabajar en la clínica familiar, con su padre y su hermana. Algunos de sus amigos se ríen de ella, ¿quién quiere ser podólogo? ¿Qué mierda de sueño es ese? ¿Es que no quieres hacer nada más en la vida? Cristina se encoge de hombros. Claro que quiere algo más, pero eso no tiene nada que ver con estudiar una cosa u otra, con trabajar en esto o aquello. Eso son tonterías. Todos se ríen y cuentan lo que van a estudiar: sueños, planes, vidas trazadas, incipientes, inciertas, posibles. Todo encaja: cuando uno es joven debe soñar, atreverse, romper moldes; no hay que conformarse ni permitir que nadie nos diga lo que hay que hacer. Cristina les escucha y deja de hablar de su carrera. Habla de su vida en Madrid, de los años que pasará estudiando en la capital. Ahora la miran de otro modo. Al menos, de momento. Si pueden irán a visitarla, ya puede darse prisa y conocer rápido los mejores garitos de la ciudad, porque ellos no se andan con tonterías: irán y quemarán Madrid.

El tiempo susurra desde el otro lado del seto. Cristina ha heredado la clínica de su padre. Por las tardes sube a lo alto de la montaña y habla con su hermana. Desayuna en el restauran de Javier y mira el mar. En cuanto empieza el buen tiempo va a la playa. Allí se reencuentra con sus amigos del otro lado del seto. Algunos se han ido; algunos han logrado lo que querían; algunos siguen subiendo al adosado de Cristina a charlar, a hablar de lo que van a hacer, de lo que iban a hacer, de que aún están a tiempo, o de que ya no tienen ganas. Siguen hablando de sexo sin ruborizarse, bebiéndose las copas de Cristina y recordando lo que pasa allí, en el jardín del podólogo.

El tiempo susurra tranquilo desde el otro lado del seto. La hija de Cristina se va a Madrid a estudiar podología. Su madre y su tía tienen una clínica y eso le asegura el futuro. Le preguntan si está contenta y Cristina se encoge de hombros. ¿Acaso eso importa? Sigue pensando que da igual, que no importa lo que hagas, que ahí no están los sueños, que se equivocan. Que unos y otro se equivocan. Su hija le dice que han llegado unos amigos, que les acompañe a dar un paseo hasta el mar. Cristina le dice que luego irá, que ahora prefiere quedarse. Se levanta y mira el mar por encima del seto. Y desde el otro lado intento adivinar que hay tras esa mirada, pero aún es pronto, aún tiene toda la vida por delante, quien sabe lo que habrá tras esa mirada, tras la incertidumbre de los días.

Ya está, ya lo he vuelto a escribir. ¿Te gusta más así, Cristina? ¿Es este relato el que querías leer, el que según tú cuenta la verdad?

Vamos, Gonzalo, ya sabes que los dos dicen la verdad.

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