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Una invitación al baile

18 de octubre de 2016
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En ese pliego en el tiempo que es la vida, aquí, en este lugar, entre las otras dos existencias, y entiéndase existencia como se quiera, ya se sabe que todo es relativo y que tanto puede uno existir entre la nada como empeñarse en la eternidad. Y vaya usted a saber de qué estamos hablando. El caso es que, estemos donde estemos, hay veces en que soy capaz de escuchar la invitación al baile; capaz de encontrar momentos sobre los que bailar. Momentos de los que no es fácil recuperarse. Nunca resulta fácil recuperarse de la felicidad, de los fuegos artificiales, de las posibilidades, de… al menos a mi me cuesta alejar esa resaca.

He pasado un par de días en Argel y allí he asistido a una de esas peculiares representaciones. En realidad, espero haber participado, pero eso es algo de lo que uno nunca está seguro.

En Argel no queda más remedio que pasear por la Casba, hablar con Cervantes, o sobre él, beber alguna que otra cerveza clandestina y mirar la bahía desde la antigua residencia de un pintor inglés. Entre otras cosas, quiero decir. Y sí, todo eso ha estado bien, pero no es ahí donde se ha dado el baile.

No voy a describir la música ni los pasos ni el ambiente en que se dio. No, por mucho que me lo pidan no lo voy a hacer. No es por hacerme el interesante, solo es que la música no se describe, se imagina y, si acaso, se escucha. Lo cierto es que todo está en las conversaciones, en los diálogos que se aún deben estar resonando allá donde se dieron; todo está en la música que sin sonar cambió el color decadencia que se empeñaba en cubrir el paisaje. en la música que aún me acompaña, que intento descifrar. He oído que algunos lo llaman amistad, que otros sonríen y que hay a quien le asusta. Voy a seguir escuchando la melodía, voy a seguir buscando un matiz, una nota capaz de explicarme esta invitación al baila que ha vuelto conmigo a Orán.

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