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Apuntes sobre la música en la prosa

16 de noviembre de 2015
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Me decía Germán Gullón que una de las cosas que marcaba la buena literatura es que cuando vuelves a pensar en una novela, al cerrar los ojos, recuerdas cómo suena la prosa. Nos contaba a Jaime Olmedo y a mí cómo era incapaz de recordar las últimas lecturas que se había visto obligado a hacer y cómo eso le hacía reflexionar sobre la música del texto, sobre el sonido de un escritor, sobre su estilo; su voz. Y cómo eso marcaba la literatura, la auténtica literatura. Como escritor, siento sus palabras como propias.

Cuando concibo un texto pienso en cómo debe sonar; para mí, la literatura, el texto, debe ir unida (entre otras cosas) a la música. Y lo concibo con la misma idea con que se concibe una pieza musical. Es decir, en primer lugar tengo una estructura compuesta por las diversas partes que compondrán la novela, que sonarán según lo establecido. Y que bailarán al son que les marque; obedeciendo a un determinado ritmo que, en gran medida, viene dado por la puntuación. Sonará más rápido, más lento, más reflexivo o violento, según las frases sean más cortas o más largas; según los párrafos estén formados por oraciones simples encadenadas, por frases largas llenas de subordinadas, o por la combinación de unas y otras. Sonará según elija marcar el texto con más puntos o más comas, con mayores espacios a través de los puntos y aparte o con espacios intermedios a través del punto y coma. A través de encabalgamientos o rupturas abruptas. A través de eso y de la elección de cada palabra y su sonido; a través de una escritura de oído, así sonará.

Y en la cabeza tengo diversos instrumentos; siento el violonchelo como el rasgar de la pluma sobre el papel, como el desgarro y la sangre del escritor sobre el texto; y el piano, con un golpeteo rítmico e insidioso, violento. Y, cualquier instrumento que suene como voz principal, en seguida es acompañado por la orquesta.

El escritor es el director, sin duda, el director y el compositor de la obra, pero no debe olvidar al resto de intérpretes –incluido el narrador que, aunque aparezca en primera persona, no es el mismo autor; tenemos un claro ejemplo en el narrador de À la recherche du temps perdu–. El escritor dirige, le da voz a su intérprete principal, a su primer violín, al narrador, y luego va haciendo tocar a cada uno de los personajes sin olvidar que, si bien pertenecen a la orquesta y deben tocar bajo su batuta, cada uno de ellos interpreta, toca su instrumento y existe más allá de la música, de la obra coral. Bajo la batuta, sí, pero con su forma única, personal, de tocar; con su vida bajo el sonido de su interpretación. De lo contrario, el personaje nace muerto. En el caso de Crónicas de humo, no toca igual Masqué que Candide, aunque sean los narradores principales de cada una de las partes. Y desde luego, no tocan igual, ni siquiera el mismo instrumento, Cristine Dubois y Jean Paul Gibier. O el comisario y Anne. Cada uno toca a su manera, con su vida.

Y por supuesto, todo debe ir unido a un conjunto de elementos que componen el texto: la música nace de ese conjunto y el sonido propio de cada obra resulta de su estructura, de los personajes-intérpretes, de los instrumentos elegidos, de los temas tratados en la obra. El ritmo musical de la prosa está íntimamente ligado a la historia, a la idea que mueve el texto. Y todo bajo la dirección del autor que, como director de orquesta, imprime su voz a la música, la vuelve personal, reconocible, propia… y a la vez única y alejada del resto de su obra. En el momento en que el autor se sienta a escribir, a dirigir su obra, y se sumerge con todos esos elementos en el territorio oscuro, opaco, desconocido, de la creación; en ese momento, se convierte en escritor y crea; da vida a los muertos y convierte las palabras en literatura. Desde la razón, pero más allá de lo comprensible.

Procuro que la música del texto, el conjunto de palabras que utilizo y la forma de componerlas, se convierta en un determinado ritmo capaz de transmitir al lector la sensación que pretendo en cada pasaje del libro, bien sea de angustia, de duda, de alegría… La prosa debe tener una composición musical (o sonora si se prefiere) que te arrastre hacia el propio motor de la creación; más allá de las palabras utilizadas.

Pensemos en el principio de la literatura, en uno de los autores, de las obras más conocidas, en Homero y su Odisea. Tiene una estructura determinada y un sonido concreto y, de hecho, está escrita para ser leída en voz alta, para ser escuchada y que el oyente se deje llevar por el ritmo de las palabras, de los hechos de Ulises; a través de una música que marca cada uno de los días, de los movimientos del héroe. Y pensemos en Cervantes y el Quijote, en cómo la literatura de la época está escrita y responde a unas normas de puntuación que tiene todo que ver con la oralidad de la que, en definitiva, es deudora la literatura y, por tanto, de la música de la lectura en voz alta. Con el tiempo, la literatura se alejó de esa lectura en alto y, en gran medida, también de la música. Por eso creo que en la combinación de la novela más íntimamente unida al papel y la que recuerda la narración oral , está la literatura; el arte. Que suena con la voz del autor, con la música de su pluma, con el sonido de su sangre, de sus vísceras, de su estilo único. Con la verdad.

Imaginemos la novela como representante de la prosa y su puesta en escena como una Ópera lírica en la que se combinan las imágenes, el texto y la música. La melodía dirige los pasos, pero los personajes, los intérpretes, bajo esa batuta, añaden su propia existencia a la música; al igual que las imágines nacidas del texto, que, por supuesto, bailan al son marcado por la música; por la estructura y su melodía. Pero no olvidemos que en la Ópera las palabras bailan al son que la música instrumental les marca; obedecen el sonido de los instrumentos, mientras que en la novela, en la prosa, en el texto escrito, es de las palabras de donde nace la música. De su elección, de la palabra utilizada por el escritor en cada momento y de cómo la coloca en el texto. De cómo crea y cómo rompe cada frase, de ahí, de la voz del escritor, del sonido que queda tras la lectura, nace la música –en un proceso inverso al de la Ópera lírica–. Y es en ese momento, en ese instante incomprensible en que las palabras crean el texto, la música, la novela, en el que aparece la literatura. Y sólo en ese. Quien la leyó, lo sabe.

Gonzalo Manglano.

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